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Un día, un maestro famoso aceptó bajo su tutela directa a un joven que tomó los votos en el templo y demostró su fervor para el estudio. El joven adoptó el nombre de ‘Pequeño Ciruelo’. El Pequeño Ciruelo fue el alumno más aventajado del maestro, y antes de los 35 años se convirtió en un monje famoso por su erudición. El maestro le enseñó que uno de los preceptos más importantes para la meditación era el de no tomar en cuenta las palabras de los libros, sino las propias revelaciones al ir profundizando en la reflexión. Tras unos años más, el Pequeño Ciruelo, ya como maestro, dejó el templo y se dirigió a unas villas lejanas en las montañas, donde tomó su nueva residencia y empezó a enseñar. En poco tiempo su erudición y su entendimiento le granjearon la simpatía y la admiración de la gente de ese distrito, y su nombre se hizo famoso. Con el tiempo, su fama llegó por boca de varios viajeros de regreso al templo donde aún estaba su viejo maestro. Al escuchar cómo se hablaba de su alumno, llamó a otro de los jóvenes monjes y le dijo: “Ve a buscar al Pequeño Ciruelo y dile que el precepto que conoce ha sido cambiado: lo más importante es tomar en cuenta las palabras de los que han venido antes y escrito libros, y dejar de lado las propias visiones.” El joven monje tomó su bolsa de viaje e hizo el largo recorrido hasta las montañas donde vivía el Pequeño Ciruelo, a quien finalmente encontró reposando bajo la sombra de unos árboles, al lado de un templo pequeño. Cuando se presentó con él y le comunicó el mensaje del maestro, vio cómo se quedaba en silencio por un largo rato, como sumido en profundas reflexiones, para finalmente decir: “El maestro se equivoca.”El monje se sorprendió al oír semejante respuesta y, tras descansar esa noche en la pequeña aldea, al día siguiente se despidió y emprendió el camino de regreso. Cuando volvió al templo, le comunicó con preocupación al maestro las palabras que había escuchado. El maestro asintió y sonriendo, dijo, “El Ciruelo ha madurado.” Fuente: http://www.yuanfangmagazine.com

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